“El ‘artivismo’ es más necesario que nunca”

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SHANGAY LILY

“El ‘artivismo’ es más necesario que nunca”

El mediático artista y escritor participa hoy en las Jornadas sobre la Diversidad Afectivo-Sexual en Logroño presentando su último libro, ‘La vida en rosa, en rojo y en violeta’.

Olivia García | 20/03/2014

Shangay Lily | RedacciónEs un habitual de la televisión, el teatro, los periódicos y la literatura. Su estética extravagante es una de sus señas de identidad y el ‘artivismo’, una mezcla de arte y activismo, su modo de vida. Shangay Lily ha decidido ver la vida dediferentes colores: el rosa por la lucha gay, el rojo por la de izquierdas y el violeta por la del feminismo. Así lo plasma en su último libro, ‘La vida en rosa, en rojo y en violeta’ que presentará esta noche a partir de las 21 horas en el Coffe Single Rock, en la Plaza del Mercado de Logroño. Un acto que se enmarca en la celebración de las Jornadas sobre la Diversidad Afectivo-Sexual que organizan esta semana IU, CCOO y Alternativa Universitaria.

¿Cómo se ve la vida en rosa, rojo y violeta? ¿Cambia la perspectiva en función del color con que se mira?

Se ve más clara, menos empañada por esas mentiras machistas, homófobas y clasistas que nos inculcan desde niños. Pero es un error escoger un solo color, una sola lucha, para enfrentar la vida. Es algo que he aprendido en más de 20 años de activismo: la combinación de colores, de luchas, es la única forma de enfrentar esta sociedad de prejuicios y trampas. Como digo en un momento de mi libro “Ahora sé que sin aunar las distintas luchas, se puede ganar una batalla, pero se pierde la guerra”. Una trampa que el capitalismo feroz ha usado para desactivar las distintas luchas o reivindicaciones ha sido encerrarlas en el ensimismamiento, en una insularidad que ignora otras minorías u opresiones creyendo que lo único importante son los logros para la comunidad. Así han surgido mujeres machistas por el clasismo u homosexuales homófobos por ignorar esa misma lucha de clases que debe informarlo todo.

Se le conoce por su activismo, por hablar claro, llamar a las cosas por su nombre. ¿Cree necesario dar una mayor visibilidad a esta lucha?

Yo lo llamo “artivismo”, un compendio de arte y activismo, y creo que hoy hace más falta que nunca. Esta sociedad posdemocrática que retoza en el tercerposicionismo (ni izquierdas ni derechas) y en mucho estudio académico elitista que ignora la calle, está perdida en un tsunami de información trivial que ahoga a la importante. La sociedad posmoderna del “todo vale” o “todas las opiniones son válidas” ha creado una generación llena de desidia que sólo se moviliza por el consumo o el entretenimiento. Las luchas se ganan… y también se pierden. Estas generaciones creen que los derechos que muchos activistas han conquistado a costa de su propia vida están ahí para siempre. Y se está viendo que eso no es así: el aborto, la educación, la sanidad, los derechos de migrantes, todo está siendo destruido y nos devuelven a una sociedad cuasi-feudal de hace 60 años. Y, claro, se aprovechan, de la indiferencia de esas generaciones que ni votan, ni opinan, ni saben hacer otra cosa que adherirse a los “me gusta” de Facebook o a los 140 caracteres de twitter sin plantear alternativas a esas redes sociales ya prefabricadas.

Aunque las libertades fundamentales deberían ir intrínsecas en la persona, la realidad es que la política determina y limita muchas de ellas, ¿en qué momento nos encontramos?

Yo no creo en la anti-política, es una estrategia tramposa de la derecha para hacer parecer a todos iguales y no es cierto. Hay políticos imprescindibles y la política garantiza la democracia. Pero con la victoria tramposa de la derecha –precisamente gracias a esa antipolítica que generó una enorme abstención en la izquierda–, estamos en el peor momento. Aunque ya el PSOE inició el cambio de modelo en España, el PP ha llevado el saqueo del estado de bienestar y la corrupción a cotas impensables. Y ahora con la planeada Ley de Seguridad Ciudadana, que pretende impedir denunciar a los corruptos, esto es un estado policial en favor de la plutocracia, un sistema de gobierno en el que el poder lo ostentan quienes poseen las fuentes de riqueza, que está robando las arcas públicas y los mecanismos democráticos de defensa del pueblo que nos llevó siglos conquistar. A esa plutocracia yo uniría, en cabeza, además, a la Iglesia católica, la religión o religiones como grandes cercenadoras de libertades fundamentales. Yo uso a menudo el término “cristofascistas” para designar a ese lobby que financia y presiona a los más extremistas para mantener esa sociedad atemorizada e inculta que es el único caldo de cultivo posible para la religión y su negocio.

¿Y a nivel social?

A nivel social hay una gran mayoría acomodada que no reacciona a pesar de ver sus comodidades desaparecer día a día. Pero el pertenecer a una minoría privilegiada –sólo hay que ver la tragedia humanitaria en Melilla para saber que estamos saqueando a ¾ partes del planeta para mantener nuestros privilegios, nos ha entontecido y si una operadora de móvil nos regala un smartphone, aunque tengamos cláusulas, empleos y contratos prácticamente de esclavitud, nos callamos y encendemos la tele para no ver lo inevitable: han depauperado el trabajo y ahora nos contratan por la décima parte y nos dicen que el trabajo vuelve a subir (sí, en condiciones de Rumanía, eso no lo dicen, muchos rumanos se están volviendo a su país porque las condiciones empiezan a ser semejantes). Por suerte está naciendo toda una movilización social, como se verá en las grandiosas Marchas por la Dignidad el 22 de marzo en Madrid, que no piensa callarse y tragar con esta estafa que llaman crisis. A pesar de la horrenda criminalización de los movimientos sociales que está ejecutando el PP para intentar silenciar el creciente descontento y movilización.

Los datos son demoledores. El 57% del acoso escolar homofóbico comienza entre los 12 y los 15 años y el 23% antes incluso. El 35% de esas víctimas de acoso llegan a planificar su suicidio y el 17% lo intenta. 

La homofobia nunca ha desaparecido, contra lo que se dijo y se dice actualmente. Simplemente se ha vuelto más sigilosa, más sofisticada. Y ahora aparece una neohomofobia que encima se invisibiliza o niega porque se supone que las nuevas generaciones están educadas en la “tolerancia” (palabra horrible que presupone que tú me tiene que “tolerar”), pero no es así. Yo en twitter o en los medios me encuentro a personas de 14 o 15 años con actitudes Cristofascistas horriblemente agresivas que toman de la Guerra Civil y el franquismo. Jóvenes violentamente homófobos que ven esas agresiones como una forma divertida de “rebelarse” y reivindicarse contra la democracia que tienen la suerte de vivir. La Iglesia y el PP son, otra vez, los responsables de este asedio a la formación en convivencia y democracia. Destruyeron el tímido primer paso de Educación Para La Ciudadanía y con sus medios y dinero financian mil grupos ultrareccionarios como los Kikos, los Legionarios de Cristo, el Opus Dei y sus redes de escuelas, universidades y plataformas de adoctrinamiento en el odio y el sufrimiento. La infancia sigue siendo la gran asignatura pendiente de los derechos humanos.

Si la homosexualidad provoca rechazo, ¿hasta qué punto tienen que padecer los niños y adolescentes transexuales?

En realidad, la homosexualidad no provoca rechazo, es la educación en el odio lo que crea ese rechazo o miedo que es la homofobia. Muchos sectores educan en la homofobia a sus hijos y a su familia y entorno para que vayan contra la aceptación natural de la rica diversidad de las personas que de niños tenemos. Vuelvo a mencionar aquí a la Iglesia Católica en su incansable campaña de odio que va contra la tendencia natural de esta sociedad que ya ha superado la homosexualidad y ha visto que no pasó nada de lo que curas y fascistas anunciaban como consecuencia de no torturar a los homosexuales: la destrucción de la civilización, la separación de España, la muerte de millones de personas por combustión espontánea… algo que en realidad llevan siglos haciendo ellos. Y la transexualidad se ve como una parte más de la homosexualidad, aunque no lo es y la gente se lía mucho. Una o un chico transexual es inicialmente heterosexual o puede ser homosexual luego, pero el desconocimiento y el estigma ha atacado particularmente a la población transexual que se ha visto condenada a la prostitución, la marginalidad y la pobreza.

¿Se puede tratar siempre con el humor que le caracteriza un tema tan serio como este?

Yo siempre he dicho que lo mío no es humor, es ironía. Como explico en uno de los monólogos incluidos en mi libro (que se podrá comprar en la presentación de este jueves), “yo NO me considero humorista… Ser humorista y homosexual es como ser cerdo y relaciones públicas de un matadero… un exceso de positividad que raya en la oligofrenia… Yo me considero más bien un héroe de cómic que se disfraza para salvar a la humanidad: ¡El Gayrrero del antifaz!”. En cualquier caso el humor ha sido y es un mecanismo esencial de la cultura gay para sobrevivir a la agresión brutal. Durante muchos siglos fue el único modo de sobrevivir en una sociedad agresiva que negaba la existencia de homosexuales salvo que fuesen “graciosos”, incluso “patéticos”. Y yo no quiero renunciar a la rica historia y cultura homosexual que el gaypitalismo (como llamo yo a esta nueva generación aburguesada en mi venidero libro “Adiós, Chueca”) está borrando para heteronormativizarlo, asimilarlo y hacerlo más amable para el patriarcado.

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